Redoble de tambores. Señores, señoras, en la pantalla de televisión, con todos ustedes, una nueva comedia romántica. A tres metros de la diabólica caja tonta, tumbada en un sofá rojo, una chica que se acerca peligrosamente al cuarto de siglo degusta un trozo de bizcocho. Evidentemente, está compitiendo con Samsung 32pulgadas para ver quién de los dos fallece primero por sobredosis de azúcar. Es domingo por la tarde, y, como todo el mundo sabe, este es el día oficial de las parejitas felices. Es oportuno precisar que, de vez en cuando, el séptimo día también es utilizado para otros dos menesteres: deberes estudiantiles dejados para el último momento o, simplemente, dormir, sobar, quedarse grogui.
Pero observemos con detenimiento la escena.
La chica, que casualmente está atravesando un catarrazo de tres pares de narices (no teman, no es gripe A), aparece rodeada por un manto de kleneex usados. Sonríe...¿por qué sonríe? Para saberlo, giren su cabeza hacia la pantalla de televisión. Atención: escena final de la película, el chico está declarando su amor a la chica. Reconózcanlo, el final de la película es realmente sorprendente ¿verdad?
Pues si ya están sorprendidos, esto acaba de empezar. La joven que yace en el sofá blandito ha cometido un enorme error, en el que cae, sin remedio, cada vez que se sitúa frente al rectángulo negro: Ha creído que estas historias existen aquí, en este mundo.
La película está rozando el final. La pareja se abraza. La música sube. La cámara se aleja mientras el beso continúa y aparecen los títulos de crédito. Vuelvan a girar la cabeza. La ingenua joven de nariz taponada está al borde de las lágrimas.
En ese momento, esa chica a la que estamos observando empieza a pensar en ÉL. Siempre hay uno. Ingenua, tremendamente ingenua, piensa que ella también puede vivir una de esas historias. Y como le gusta torturarse pone música. Y aunque sabe que lo más indicado, en un momento así, sería poner cualquier ritmo frenético muy útil para cambiar de tercio, su dedo índice elige una de esas canciones en las que suena algún piano triste y una voz quebrada.
Pero, señores y señoras, el espionaje no ha acabado. Los días pasan. Nuestra joven se cura del catarro. De vez en cuando recuerda algún fragmento de aquellos días en los que las horas pasaban rápido. Poco a poco, olvidará y, tan contenta, abandonará las comedias románticas envenenadas por otro tipo de productos televisivos (probablemente algún reality show porque la joven observada tiene muchos vicios). Pero hay cosas que no tienen remedio. Esta chica que suspira demasiado volverá a caer en los brazos de algún ÉL. Y ustedes pensarán….¡la pobre! (porque a estas alturas del texto, admítanlo, se han encariñado con la prota). Se equivocan.
Y es que lo que esta chica desconoce (y quizá, lectores, tampoco lo sepan) es que para ganar hay que jugarse el tipo. Va a resultar que el maldito profesor de gimnasia del colegio tenía razón. Igual que cuando recorres los restaurantes italianos de una gran ciudad en busca del tiramisú perfecto. Igual que cuando escuchas miles de canciones hasta que hay una que te pone la carne de gallina.
Alejémonos. La joven, de lo contrario, notará nuestra presencia vigilante. Antes de partir,amigos, por favor, sean benévolos con esta pobre escritora de pacotilla que cree haberles engañado contándoles que ésta y la observada son dos personas diferentes. ¡La culpa de todo la tiene la televisión!
12/10/09
15/04/09
Alexandro
Alexandro está tocando acordes con aires de folclore. Tiene la mirada perdida, la vista cansada y un jersey cosido y descosido con recuerdos. De vez en cuando, vigila la caja acolchada del teclado y cuenta las monedas de veinte céntimos.
En sus mejores días se atreve con grandes éxitos populares, porque sabe que entonces secuestrará más pares de orejas.
Pero en general, Alex, como todos le conocen, se ahoga en melodías desconocidas que suenan a herida abierta.
Lleva diez años sentado en el mismo lugar:
Plaza Elíptica. Correspondencia con la línea 11. Un pasillo interminable. Hormiguitas con ojeras que baten récords esquivando a otras tantas hormigas que avasallan.
Alexandro tiene los dedos cansados, toca seis horas seguidas, para más de quinientas personas que le dedican un par de miradas. Después de la música, en casa se pone las gafas de maestro y pasa las partituras mientras su hijo tartamudea con las teclas del teclado. Contiene el aliento mientras ve crecer los frutos del exilio.
Un día cualquiera a las 9 de la mañana, hay un vacío. No está el teclado, ni la butaca endeble: las manos de Alexandro y el eco se han callado. Al día siguiente tampoco, ni al siguiente.
Al tercer día, en el escenario de Alex hay un ramo de margaritas.
Y entonces, pocas horas después, llega Francisco, con una guitarra en la mano izquierda y un sobre en la derecha. Al final de la escalera mecánica, con los ojos enrojecidos, por el metro y la pena, desde la línea 6 avanzan Abdoulaye y Moussa, con djembés y otro ramo de flores. Bajan las escaleras Mariana y Mercedes, con rosas y lágrimas.
Se acercan, se miran a los ojos y ocupan las paredes invisibles del teatro bajo tierra. Y entonces, todos los pasajeros se van parando y observan el silencioso duelo. Devuelven a Alexandro todas las miradas que le debían.
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En sus mejores días se atreve con grandes éxitos populares, porque sabe que entonces secuestrará más pares de orejas.
Pero en general, Alex, como todos le conocen, se ahoga en melodías desconocidas que suenan a herida abierta.
Lleva diez años sentado en el mismo lugar:
Plaza Elíptica. Correspondencia con la línea 11. Un pasillo interminable. Hormiguitas con ojeras que baten récords esquivando a otras tantas hormigas que avasallan.
Alexandro tiene los dedos cansados, toca seis horas seguidas, para más de quinientas personas que le dedican un par de miradas. Después de la música, en casa se pone las gafas de maestro y pasa las partituras mientras su hijo tartamudea con las teclas del teclado. Contiene el aliento mientras ve crecer los frutos del exilio.
Un día cualquiera a las 9 de la mañana, hay un vacío. No está el teclado, ni la butaca endeble: las manos de Alexandro y el eco se han callado. Al día siguiente tampoco, ni al siguiente.
Al tercer día, en el escenario de Alex hay un ramo de margaritas.
Y entonces, pocas horas después, llega Francisco, con una guitarra en la mano izquierda y un sobre en la derecha. Al final de la escalera mecánica, con los ojos enrojecidos, por el metro y la pena, desde la línea 6 avanzan Abdoulaye y Moussa, con djembés y otro ramo de flores. Bajan las escaleras Mariana y Mercedes, con rosas y lágrimas.
Se acercan, se miran a los ojos y ocupan las paredes invisibles del teatro bajo tierra. Y entonces, todos los pasajeros se van parando y observan el silencioso duelo. Devuelven a Alexandro todas las miradas que le debían.
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11/12/08
Duerme
I
Todas las demás cosas se han callado
Ahogada, escucho sólo "Ven,
ven. No te vayas muy lejos"
Pero los años apenas son un día entre invierno
y este invierno. Legañas de nieve. Sin abrigo.
Apenas un día.
II
Esas páginas gruesas guardan
los adoquines de tu primer camino a casa
algún estribillo adormecido
el cine en blanco y negro
III
Duerme, duerme, ahora suena esa música que dibuja
gestos, palabras
los despertares frágiles cuando era
más pequeña.
Sólo el llanto de una hija es para siempre.
03/12/08
Últimas palabras
Esta mañana mientras estaba trabajando, mi jefe se ha acercado al ordenador y ha dicho “Un atentado…”. Y mientras la página del periódico iba cargándose, ha empezado a venir gente hacia el despacho. Todos murmuraban, movían la cabeza.
Luego, ya por la tarde, con más calma, he leído algunas líneas más. Ignacio Uría tenía 70 años y le han matado cuando iba al bar de siempre a jugar una partida de cartas con los amigos. Ahí, una foto, y una manta metálica que cubre un cuerpo sin vida. Una zona acordonada. Periodistas, cámaras y policías repasando cada milímetro allí y también lejos de aquel lugar. Todos conectados, pendientes, alerta. Es tarde y el mensaje de la esperanza es apenas un eco inaudible.
Pero no es la foto lo que me llama la atención, sino un dibujo a la izquierda de la página, que dice “Cronología de ETA”, y remite a un gráfico frío y lleno de números en el que aparecen los atentados perpetrados por la banda terrorista. Pasa el tiempo, años, décadas, y ETA sigue rasgando la vida de personas inocentes. Esa vuelta atrás en el tiempo es más desoladora que todo lo demás, porque es el reflejo de una lacra que se resiste a desaparecer. Es el cajón abrumador de nuestra historia, que nunca parece cerrarse para siempre.
El artículo de EL PAIS terminaba diciendo “Uria tenía costumbres fijas y las repetía a diario a las mismas horas, aunque las Fuerzas de Seguridad suelen recomendar lo contrario para reducir el riesgo de ser víctima de un atentado de ETA”. El periodista no conocía a Ignacio Uría. Pocos le conocían hasta hace unas horas. Pero le han asesinado y ¿vamos a reprocharle no haber tomado precauciones? Está muerto y vivió disfrutando de su vida, de los momentos felices, de la risa en un bar con los de siempre. Qué poco sentido tienen esas últimas palabras del periodista; nadie tiene derecho a decir como otros deben vivir su vida y nunca, jamás, si se está hablando de alguien que acaba de morir asesinado.
Luego, ya por la tarde, con más calma, he leído algunas líneas más. Ignacio Uría tenía 70 años y le han matado cuando iba al bar de siempre a jugar una partida de cartas con los amigos. Ahí, una foto, y una manta metálica que cubre un cuerpo sin vida. Una zona acordonada. Periodistas, cámaras y policías repasando cada milímetro allí y también lejos de aquel lugar. Todos conectados, pendientes, alerta. Es tarde y el mensaje de la esperanza es apenas un eco inaudible.
Pero no es la foto lo que me llama la atención, sino un dibujo a la izquierda de la página, que dice “Cronología de ETA”, y remite a un gráfico frío y lleno de números en el que aparecen los atentados perpetrados por la banda terrorista. Pasa el tiempo, años, décadas, y ETA sigue rasgando la vida de personas inocentes. Esa vuelta atrás en el tiempo es más desoladora que todo lo demás, porque es el reflejo de una lacra que se resiste a desaparecer. Es el cajón abrumador de nuestra historia, que nunca parece cerrarse para siempre.
El artículo de EL PAIS terminaba diciendo “Uria tenía costumbres fijas y las repetía a diario a las mismas horas, aunque las Fuerzas de Seguridad suelen recomendar lo contrario para reducir el riesgo de ser víctima de un atentado de ETA”. El periodista no conocía a Ignacio Uría. Pocos le conocían hasta hace unas horas. Pero le han asesinado y ¿vamos a reprocharle no haber tomado precauciones? Está muerto y vivió disfrutando de su vida, de los momentos felices, de la risa en un bar con los de siempre. Qué poco sentido tienen esas últimas palabras del periodista; nadie tiene derecho a decir como otros deben vivir su vida y nunca, jamás, si se está hablando de alguien que acaba de morir asesinado.
16/10/08
Periodismo y Libertad
Sin pan y sin palabra. Por la libertad en Cuba. Así se llama el libro del que la profesora de Periodismo y Cambios Sociales había extraído algunos textos para que los leyéramos. Todos ellos giran alrededor de una misma persona: Raúl Rivero, un reconocido poeta y periodista cubano que fue encarcelado en 2003.
Hay una carta de Eliseo Alberto (íntimo amigo), que se despide de Raúl, triste, con la rabia contenida de quien sabe que nada puede hacer frente a la injusticia salvo desenvainar la espada de la ironía. Aquí os dejo una muestra :"La Fiscalía esgrime una acusación digna de tenerse en cuenta. Asegura que en el registro efectuado en el apartamento de la Calle Peñalver al poeta se le ocuparon, entre otros materiales de carácter subversivo, una radio marca Sony, un cargador de baterías, una máquina de escribir…y supongo que también deben de haberle descubierto en la cocina o en el baño una azucarera, un jarrito de aluminio, tal vez dos rollos de papel higiénico…”
Hay textos del propio Raúl Rivero, emocionantes, llenos de incomprensión, de impotencia, rebosantes también, de un profundo e incondicional amor hacia el periodismo: “Me cuesta mucho trabajo sentirme culpable. Es casi como si se me acusara de respirar (…) Nadie me hace sentir como un criminal, un agente enemigo ni como un apátrida ni como ninguna de esas cosas que el gobierno usa para degradar y humillar. Soy sólo un hombre que escribe (…)Es el periodismo el instrumento que tiene la sociedad para iluminar la vida. Para sacar a debate todo lo que concierne e interesa a los seres humanos”.
Hay, finalmente, un fragmento de la sentencia condenatoria. Una sentencia que ignora todos los requisitos procedimentales de un proceso legal (legal, que no justo), una sentencia dictada tras un proceso sin defensa (el abogado de Rául tuvo apenas algunas horas para elaborar sus argumentos, no le dieron más tiempo) sin pruebas, ningún documento, ninguna grabación que demuestre la existencia del supuesto comportamiento subversivo del condenado. Es una sentencia absurda hasta la saciedad y repetitiva hasta la saciedad (el adjetivo subversivo se usa en 4 de cada 5 frases), incongruente, falsa porque utiliza testigos pagados que afirman que Raúl Rivero mantenía contactos con agentes de la embajada estadounidense. Es, en resumen, un engaño, un insulto.
Y en fin, tras la lectura se abre el debate.
La profesora pregunta ¿Hasta que punto tiene sentido decir que el periodismo ilumina la vida? Y las respuestas varían, claro. Algunos creen que “iluminar” es un verbo utilizado de forma poética y poco fiel a la realidad, idealista, quizás. Otros creemos que el periodismo libre (el periodismo independiente) deja entrar la luz en aquellos países cuyos regímenes comulgan disciplinadamente en la doctrina del oscurantismo. Y Cuba es un país en el que existe represión y censura.
Algún compañero de clase insiste en que es muy fácil ver las vulneraciones a la libertad de expresión fuera de las democracias occidentales a pesar de que también en éstas existe, con cierta frecuencia, censura (que se lo digan al Jueves y el famoso episodio de la caricatura de los príncipes). Pero son más las diferencias que las similitudes en cada lado del Atlántico. Allí, en Cuba, Raúl Rivero fue condenado a cadena perpetua por escribir, simplemente por escribir. Por contar cómo viven sus compatriotas, por dar aliento a muchos cubanos que no tienen libertad porque la libertad supone poder elegir entre muchas opciones y en Cuba sólo hay una. Aquí, en España o en cualquier otro país europeo, los cauces de expresión para los periodistas son, por lo menos, infinitamente más numerosos que en Cuba.
Raul Rivero fue liberado en 2004, tras 18 meses de encarcelamiento, después de las presiones de los gobiernos internacionales y en especial, el español. Pero hay muchos periodistas en Cuba, y en otros paises del mundo que siguen en la cárcel.
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